Suena la alarma, 09:00.
Se despierta y agarra el móvil, durante una hora.
Decide levantarse. Se pone las zapatillas de andar por casa que tan poco le gustan.
Preferiría ir descalza (su madre se lo prohíbe). Va hacia el aseo.
Se mira al espejo y ni si quiera se ve reflejada. Cree que es horrible (yo creo que es perfecta).
Se asea y se va a desayunar la taza de chocolate que le ha dejado su madre preparada.
Le pega un sorbo y se va a vestir. Odia comer. Se sitúa frente al espejo de su habitación y empieza a probarse ropa. Nada le queda bien. Una vez más, se cree horrible. Mientras, llora (mucho). Coge un jarrón que tenía a mano y decide estamparlo al espejo. Se siente mejor. Por fin no se ve. Ahora, decide hacerse lo mismo a ella. Abre el cajón y coge sus tijeras, las que hace un año utilizaba para aprender peluquería. Ahora las quiere utilizar para dejar sangrar un poco sus venas. Entra su madre. Ella está desplomada. Viene la ambulancia. Ella ya no está. Maldito aquel que tres horas antes le había dicho; Gorda, ven aquí.
Amigo,
ya no puede venir.
No hay comentarios:
Publicar un comentario