martes, 22 de septiembre de 2020

Pasó algo, pasó él.

Ni mil cañones,
ni mil cañones podían acabar con esa sonrisa.

Tierna y a la vez tan fría,
risueña y a la vez tan triste,
tan suya y siempre
tan de él,
tan ella y tan armadura.
Ella siempre llevaba como escudo la sonrisa
y mientras él llevaba la mentira.

Ella tan inocente,
tan ilusa y creyente de que eso era amor,
pero para amor el de su madre al verla llorar,
y amor el suyo por tanto aguantar.
Olvidó como se andaba sin esas manos que realmente 
nunca le habían agarrado,
como se volaba, 
sin saber que él ya le había robado las alas.
Olvidó todo,
hasta como se vivía.

Pero pasó algo,
pasó él.
Hombre humilde,
hombre de verdad,
que le sacó a bailar,
le enseñó que él era soporte no vida,
que podía esquivar cuantos cañones quisiera,
que podía aguantar fuerte,
que no merecía mentiras,
lágrimas y miedo.

Le hizo ver que amor era eso,
acompañarla en su vida y no serlo,
bailar de la mano en mitad de la explanada,
volar y disfrutar de las alas, 
quererse a sí misma,
cuidarse a sí misma
y amarle a él que aunque sea salvavidas,
nadie volverá a ser su vida.

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